jueves, 21 de enero de 2016

Corriendo entre Chamizos



Diez kilómetros. "Vamos, que solo te toca hoy diez kilómetros hasta medio cerro".
El reto es llegar. Cubrir el nada sencillo e irregular trayecto. Lo hice hace cuatro días a paso un tanto tranquilo. Hoy estoy seguro de que lo puedo hacer un par de minutos más rápido… hoy que ya no hace tanto frío, sin embargo, al parecer si sopla un viento pasajero.

Sorpresas tendría por todo el camino. El corredor insaciable versus Salsola tragus.

Subir y que una planta rodadora o corredora del desierto se me atravesase por enfrente no era la gran novedad, pero si un augurio que quise ignorar.

Quería manejar un paso promedio de seis minutos por kilómetro, que en ese terreno escabroso no es nada sencillo. El viento aquí arreciaba, por la altura, nada comparado con lo que se siente dentro de las zonas urbanas.

A los dos kilómetros y medio parecía que iba escoltado por las maromeras, esas ramas secas y casi redondas cuyas raíces se despiden de la tierra y se desprenden, decidiendo que vagar es lo mejor después de las lluvias. Apiladas a mis costados y algunas enfrente, me obligaron aumentar el grado de dificultad al subir de pronto las laderas. Detenerme o regresarme no era parte de mi plan.

Cuando al fin corría libremente, una muralla espinosa me sorprendió en el sendero. Los matojos rodantes parecían mofarse de mi. El viento los hacia crujir, eran sus risas burlescas. ¿por qué será que algunos las llamas brujas? 

Estepicursores, plantas rodantes, chamizos, capitanas o cachanillas; recibe decenas de nombres de acuerdo
a la región del país, sin mencionar los que se suman en todo latinoamérica y el mundo.


Subí un trecho, pisando fuerte pero cautelosamente. Eludí la barrera de cachanillas mientras rehuía de las que venían en avalancha. Que bien que mis piernas iban blindadas con calcetas altas, que las sorrascas pequeñas no conseguían arañarme a pesar de chocar contra mi, como si tuviera un imán que las atrajese involuntariamente.

Cuando me enfrenté a la cuesta larga, el viento se tornó tan fuerte que sentí como me empujaba, pues estaba a mi favor, aunque casi lo asumí como presión, que aquello no era suavidad, no, eran empellones que me exigían que no aflojara el paso.

Tijuana ya se veía abajo y la vista siempre me genera satisfacción, pensaba cuando de pronto me distrae una especie de esfera girando y flotando un poco más arriba, a unos cincuenta metros sobre el pedregoso suelo. Me pareció increíble. Nunca antes había atestiguado algo así. Era una de ellas, una bola del oeste que con alas invisibles viajaba a merced del viento con destino… desconocido. Lamenté no cargar con que capturar la imagen de ese objeto volador, un rodamundos muy bien identificado por mi.

Después de un rato de sube y baja en el abrupto terreno de la falda del Colorado había que regresar. De bajada el viento que me había empujado ahora me frenaba al encontrarnos cara a cara, más no consiguió disminuir mi paso que había apurado para compensar el tiempo perdido entre los obstáculos que resultaron ser las salsolas, pero ¿cuántos nombres tienen estas soledades o bolas de paja?

Seguí un estrecho sendero para evitar el camino bloqueado por que el que ascendí, pero éste no era sencillo, subía un poco la inclinada ruta, y si pisaba mal podía rodar cuesta abajo, aunque sin duda las plantas rodadoras estaban ahí listas para amortiguar un posible tropiezo, que por ventura nunca me ha sucedido al pasar por ahí.



A unos cien metros hacia abajo atrapó mi atención aquella extraña combinación de viento furioso y las bolas de estepicursores, que polvosamente iban dando tumbos hasta tapizar el techo de una de las casas que estan a un lado del barranco. Su patio ya estaba lleno de ellas. Imaginé la engorrosa labor para sus habitantes cuando se dispusieran a retirarlas.

Más caminos bloqueados. Mis pies se hundían levemente en un suelo aun blando y humedecido por las recientes lluvias. Sorteando el caminito tuve que subir y bajar varias veces por esa ladera.
Luego tuve que saltar hasta un metro para pasar al otro lado de la grieta, una abertura que me separa del camino principal, pues el estrecho puentecillo de tierra estaba fuera de servicio, cubierto por un enorme montículo de chamizos cuyas espinillas ya se atrevían a atravesar las calcetas buscando punzar mis pantorrillas. Fue un imprevisible doble salto en el que casi topé contra el suelo, cortesía de la fuerza de gravedad, pero el buen equilibrio estuvo a mi favor.

Abandonando la parte correspondiente al cerro, estaba a kilómetro y medio de completar mi distancia, la que me propuse cubrir en el día. Atrás dejaría esas legendarias salsolas, las de los mil nombres, las bolas que ruedan enigmáticamente en las películas sobre vaqueros rudos y temerarios en zonas desiertas del viejo oeste.

Terminé esa inesperada aventura en dos minutos y medio más rápido que varios días atrás. No cabe duda que el clima es tan voluble en nuestra ciudad que nunca sabes lo que te espera en el camino, a pesar de que ya hayas pasado por esas mismas sendas decenas de veces. 




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