domingo, 25 de agosto de 2013

Naufragio en el Río Humaya

 Aunque esta historia de la vida real acontecida hace 32 años, poco o mejor dicho nada tiene que ver con correr, consideré que es digna de contarse y de compartirla, y sobre todo porque en ese entonces el protagonista era un destacado marchista en su ciudad, actividad deportiva que también se le conoce como "caminata". Queda claro que el deporte puede formar hombres fuertes, tanto física como mentalmente. Espero les guste.
                                 


Río Humaya cuando no hay lluvias y todo está en calma.

Como cada año, en Sinaloa a veces las tormentas y trombas causan estragos, y fue sin duda una de éstas la que ocasionó con su precipitación pluvial el aumento al nivel del río.

En Culiacán, el señor Héctor Buelna Amador, a sus 47 años ya tenía cierto reconocimiento, asimismo en la SARH, empresa donde trabajaba; ahí su empleo era de técnico dibujante. Él destacaba por ser remero, marchista y nadador en el ámbito deportivo, pero también como cantante y compositor de canciones en lo artístico, lo que le hizo ganarse la simpatía y amistad de mucha gente, algunos incluso lo apodaban "Chanoc", comparando sus habilidades con el de un personaje de cine.

Era el jueves 8 de Octubre de 1981. Cuatro jóvenes paseaban en una lancha por el Río Humaya y al parecer no les importó que el nivel del río no dejara de crecer. Ellos iban y venían, recuerdo que hasta los vi pasar e iban cantando con mucha alegría. Pero, no prestaban atención a lo que sucedía alrededor. Las aguas seguían tomando fuerza y crecían y crecían sin parar. La fuerza de la corriente era tal que irremediablemente se volcaron. Dos de ellos, los mas hábiles lograron salir nadando. Pero, ¿Que pasaría con los otros dos?

Ya era una noche, y una noche muy oscura, sin luna, y Héctor aún estaba dedicado al salvamento de sus bienes, ya que el río había llegado a cubrir su casa a más del 50% de altura, y fue cuando alguien llegó apresurado a pedirle prestada su canoa, la cual debía medir unos 3 metros de largo por unos 80 centímetros de ancho aproximadamente.

Así estaba nuestra vivienda cuando el agua había llegado a todo el patio

El lugar de los hechos se encontraba a unos 600 metros de su casa, donde elementos del Ejército, Bomberos y Cruz Roja titubeaban en lo que deberían de hacer y, al parecer nadie se atrevía a entrar al río.

Eran como las 21 horas y los dos jóvenes estaban a unos 100 metros de ahí y sobre una pequeña isla en medio del río o lo que lograba verse de ella. El agua había subido a una altura de 2.12 metros sobre su nivel natural, causando que solo las crestas de los árboles quedaran disponibles para que se aferraran a ellas. Pero los muchachos no estaban juntos, sino a unos 25 metros de separación uno del otro.

Nadie se atrevía a entrar, puesto que veían pocas posibilidades de salir bien librados. El temor los invadía porque el agua además arrastraba consigo infinidad de arbustos y troncos a gran velocidad.
Sin embargo, no había mas tiempo que perder, ya era un asunto de vida o muerte.

Héctor conociendo su destreza para remar no pudo esperar más y de inmediato solicitó un voluntario para que lo acompañara. Se necesitaba un lastre para la parte trasera de la canoa, un contrapeso.
Los presentes poco a poco retrocedían. El sentido común les decía que aquello era casi un suicidio.

Un angustiado y perturbado joven se ofreció, diciendo que él era hermano de una de las víctimas.
Héctor lo rechazó de inmediato, alegándole que no debía ser ningún familiar para evitar sumar un accidente más, que podría suscitarse por algún descontrol emocional.

Finalmente aparece otro voluntario, el cual a la fecha se desconoce su identidad.
Héctor le da instrucciones:

─No te vayas a mover, te quedas quieto ahí atrás sentado.



Decide remar a contracorriente, hasta estar unos 100 metros arriba, para poder lanzarse, aprovechar la fuerza del agua y acercarse a uno de los jóvenes. La canoa debía ir en contra y casi horizontal de manera que la corriente le pegara de lado. Usando la misma velocidad del río, buscarían acercarse.

Fue hasta el segundo intento que se lograron aproximar a las salientes ramas de un árbol de la isla, y al estar cerca de uno de ellos que se encontraba agarrado de un sauce, Héctor le empieza a gritar para calmarlo:

─ ¡Ya estamos aquí, aguanta, ya se te acabó el problema!

Pero apenas podía verlo por la escasa luminosidad, ya que los bomberos con las luces de sus camiones muy poco lograban iluminar desde esa distancia.

 El asustado joven solo sacaba la cabeza de entre las bruscas aguas.
 El remador y acompañante como pudieron se pegaron al árbol... y ya cerca de él le dijo:

─Tienes que hacer lo que te diga y todo saldrá bien... ¡vente, suéltate... ven acá!

Al fin lo hace y le ayuda a subir jalándolo por el calzón. "Súbete", le ordena Héctor. 
El joven con un gran esfuerzo logra abordar la canoa.
Héctor le ordena:
─Acuéstate en el fondo, te llevaremos a la orilla.

─ ¡Gracias! ─apenas pudo responder el joven con una débil y apagada voz.

Una vez colocado en tierra recibiría atención inmediata por parte de la Cruz Roja. Mientras Héctor y su compañero en el otro extremo de la canoa maniobravan por repetir la hazaña, remando fuertemente por la orilla hasta llegar al punto de poder lanzarse de nuevo por el segundo muchacho, que por fortuna seguía ahí agarrado a una de las ramas.

─ ¡No tengas miedo!, suéltate... lánzate, yo aquí te agarro! ─Le gritaba Héctor.

Notó que aquel joven estaba realmente dando su último esfuerzo, pues no conseguía subirse. 
La cosa se complicó, él agotamiento estaba venciendo a ese último joven que quedaba entre las turbulentas aguas.
Héctor lo toma también por el calzón para poder subirlo a como diera lugar. Debía sacar fuerzas ante su propio cansancio para subirlo a la canoa. Entonces, lo jaló fuertemente haciendo un esfuerzo sobrehumano, hasta lograr al fin subirlo.
También le ordenó que se acostara, pero él no respondió ya a esas palabras... solo se desmayó y quedó tendido en el fondo del bote.


Días después aún sacábamos o salvabamos lo que se podía.
En la foto mi prima Juanita y  yo de azul (8 años de edad)
sonriéndole al mal tiempo... lo que es ser niño.

Habían llegado justo a tiempo por ese segundo joven, pues tal vez con la demora de unos tres minutos más ya no lo hubieran encontrado... y el río habría ganado esa batalla.

Ya una vez en la orilla, Héctor debía cargarlo, pues parecía más muerto que vivo; por suerte estaba con vida.  Bomberos y Cruz Roja ya los esperaban.

Héctor, con la ayuda del cielo y un valiente joven quien lo acompañó, logró sin pretender ser héroe, una valerosa hazaña, la cual se realizó en apenas unos treinta minutos.

Ahora, solo quedaba en su mente el gran reto de sacar adelante su propia vivienda, lo cual significaba que había mucho trabajo por hacer, afortunadamente con la ayuda de su esposa Rosario y sus 6 hijos.

Cuando le preguntaron si conocía los nombres de las personas que rescató, él dijo que nunca los supo, que cuando él hacía una acción como esas, lo que menos importaba eran los nombres, o si después volvían para agradecerle, que lo importante era simplemente... que se habían salvado.


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Yo formaba parte de esa familia afectada. Ese hombre y atleta sinaloense es mi papá. Su nombre es Héctor Buelna Amador. Esta historia la envié hace algunos años a la revista Selecciones, ya que ellos solicitan este tipo de anécdotas, más nunca la publicaron, yo aun no tenía éste blog. Así que aprovechando el espacio decidí que seria bueno compartirlo aquí con algunos fieles seguidores del bloguito... por cierto, una vez más: ¡Gracias por sus visitas!

Mis padres: Héctor y Rosario, a mediados de los ochentas.
Detrás del saucito se puede distinguir la canoa y uno de nuestros perros
arriba de ella.

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