martes, 24 de marzo de 2015

Corredor de Primavera

Sonó la alarma, sin embargo, su sonido no me convencía de levantarme, pero enseguida pude oír cantar a un cenzontle, ─el que anida en el árbol de bugambilia─ alardeando con su amplio repertorio, y otros pajaritos que en armonía les daba por responder.
¡Que invitación mas irresistible!, con ese trinar, la cómoda cama fue fácil de abandonar.

Para no desentonar, salí vestido de rojos, naranjas y verdes; me dispuse a correr con dirección hacia el cerro. 

¡Que mañana mas fresca!, los últimos vestigios del invierno y algo de sol para entibiar la piel.

Los valles polvorientos ahora estaban recubiertos de verdosa hierba, que como epidemia había brotado por doquier.

Mis caminos estaban en temporada verde, gracias a las benditas lluvias de meses atrás.

Recordé cuando mas joven, en aquel lejano y arbolado llano, entre libélulas de colores perseguía el sonido de las cigarras, hasta dar con ellas, cuales nobles y dóciles insectos, se dejaban atrapar.



Ahora no estaba en un lugar como aquel, mas añoraba incluso el revoloteo de las mariposas de miles de colores, que sin temor se paseaban alrededor de mi, mientras yo corría junto a mi perro; no corría tras nada en especial, solo era simplemente correr... tal vez tras el tiempo, para aprender con él.

Ahora, seguí abriéndome paso subiendo los desniveles, y al poco rato en lo plano, por un segundo me puse a dudar, pues tenía opciones de senderos bordeados de florecillas amarillas y violetas para subir y para bajar.

Decidí subir aquel repecho, que entre mas lo hacía, más se ampliaba el regalo, que majestuoso se ofrecía desde mis pies, expandiéndose en el entorno, entre cada altivo peñasco, y entre cada accidentada ladera.

Las gotas de sudor cruzaron mi frente, hasta percibir la sal de su sabor. 

Las pantorrillas pedían mas y trotando les di ese gusto, y el viento, como contento por mi presencia, golpeando suave, me parecía felicitar. 

Mis pulmones agradecían el aire fresco y aun limpio de esa mañana.

Un instante de relax, una buena pausa para celebrar por el panorama que podía admirar. 


No, no estaba en aquel lugar de cuando niño, no estaban las blancas garzas junto al río, ni había esas singulares flores lilas de los lirios acuáticos, no había abejas merodeando de aquí para allá, pero igual seguía rodeado de vida, de nueva vida resurgiendo a mi alrededor.

Flores nuevas de lavanda y plantas silvestres que sus nombres desconozco, me envuelven con refrescante aroma como queriendo seducirme con un hechizo, tan solo para que me quede un poco más.

A correr de vuelta a casa, ahora bajando por otro lugar, que una nueva senda me invita como diciendo: "Ven por aquí  mi amigo, que a mi no me  has visitado jamás".


J.H. Buelna









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