sábado, 6 de diciembre de 2014

Los Tres Chapulines Colorados

Tres personajes que corren por: La superación personal de un niño, un joven víctima de Bullying, y el que desea vencer el miedo a la distancia de maratón...

Tres amigos a punto de correr su primer maratón, Manuel, Víctor y Juan, comenzaron la siguiente conversación:

 Manuel, y,  ¿como es que te animaste a correr esta distancia? ─pregunta Juan.

─Pues mira, de niño y en quinto año de primaria, recuerdo que acabábamos de entrar del recreo, y había olvidado ir al baño, así que le pedí al profesor que me diera permiso de salir e ir al sanitario, pero me dio un rotundo y gritado ¡NO!, que todos en el salón se me quedaron viendo.

─Bueno pero un error lo comete cualquiera, le dije al profesor.
─Si, pero 500 errores también los comete cualquiera ─me respondió.

─Pero entonces, ¿que hiciste? ─interrogó Víctor.

─Nada, yo que era mas noble que una lechuga, me quedé tristemente sentado en mi pupitre, miraba hacia las ventanas abiertas, y no saben como deseaba en ese momento tener una pastilla de chiquitolina para escaparme sin que nadie se diera cuenta.  O, tal vez si tuviera un chicharra paralizadora, dejaría al profe petrificado por unos minutos para salirme del salón, llegué a pensar.
En fin, me juré que un día cuando creciera, sería tan hábil e ingenioso como mi héroe favorito.

Después de una hora con mis piernas apretándose entre sí, solo puse cara de que moría de dolor de estómago y, ya al fin se apiadó de mi ese profesor, y me dio permiso de salir, yo corrí de un extremo al otro para llegar a la puerta de salida, pero no olvido las palabras del profe que en ese momento me dijo: “Aunque corras, no creo que vayas a llegar muy lejos”...
Y recordando eso decidí animarme a por fin correr los 42 kilómetros.



Y tu Víctor, ¿como es que decidiste participar? ─le preguntan.

─Pues, algo parecido, ya que una tarde regresando de la escuela, y tras un extraño silencio detecté con mis imaginarias antenitas de vinil, la presencia del enemigo, sentí miedo, puesto que como ya era costumbre, ahí estaba un grupo de vagos en un callejón por donde debía caminar para llegar a casa, solo un poco mayores que yo, y ya en varias ocasiones me habían agredido, pero no me defendía de sus empujones, golpes y palabrotas por ser ellos cuatro vagos experimentados contra un chico sano y serio… y temblaba, el cúnico había pandido en mi de solo verlos.

Que ganas tenía de extraer de alguno de mis libros un mágico chipote chillón que había dibujado, y que aunque fuera de plástico, que doliera como una roca para agarrarlos a golpes.

Pero ese día todos mis movimientos estaban fríamente calculados, así que en un descuido de ellos, y a pocos metros de tenerlos frente a frente, escondí los libros escolares tras un ancho arbusto, y entonces ya al verme, ellos comenzaron con esa molesta rutina de empujarme.
Y mi plan que ya había trazado dio marcha al decirles: “los reto a que me dejen en paz, con una carrera de aquí hasta el bulevar, si me alcanzan me golpean todo lo que gusten, y si no me alcanzan me deben de ignorar cada vez que me vuelvan a ver de ahora en adelante, a ver si son tan fuertes y tan valientes".

Desde luego que ellos ignoraban que yo era mas ágil que una tortuga, y corriendo, mas fuerte que un ratón, y que era campeón de velocidad en la escuela... y que además me estaba armando de valor para lanzarles ese reto.

Tuve suerte, pues lo aceptaron, aunque no sabía si alguno iba a resultar mas veloz que yo, aparte de que el mencionado bulevar quedaba a una milla de distancia… así que corrieron y corrieron como locos detrás de mi, y uno a uno se fueron quedando, agotados y con la lengua de fuera, solo uno aguantó un kilómetro y venía a unos veinte metros detrás de mi, y como era uno de mi estatura, me detuve, voltee a verlo, como esperándolo, y se sorprendió de no verme igual de cansado que el.
Con las manos apuñadas y en posición defensiva lo enfrenté: “¿Y tu que me vas a hacer?,  ya perdieron… no contaron con mi astucia”.

El, simplemente agachó la mirada y se regresó a trote lento con sus amigos.
Después de eso, de verdad que caminaba ya contento por las calles de mi colonia, y para ellos yo simplemente ya era invisible.
Así que ya saben de donde saqué la motivación para correr este maratón.



Ahora solo faltas tu Juan, ¡cuéntanos!

─Pues mi caso es mas simple, yo le tenia miedo a ésta distancia, bueno aun me queda un poco de cúnico, digo, de pánico, pero siempre quise venir hasta esta ciudad para correr el maratón, sobre todo mi esposa adoraba la idea de venir a conocer, de compras y turistear en ella.

Cada mes que pasaba yo seguía indeciso:

─Si quiero, sería grandioso ir... si me inscribooo... le decía a mi esposa.
─Pues sí, animate y hazlo ─respondía ella.
─ ¡Si me inscriboooo!  ─ le repetía yo de nuevo.
─Lo sé, y yo también quiero ir ─añadió ella.
─Si me inscriboooo- seguía yo con mi cantaleta, fingiendo valentía y desesperándola un poco.
─Si pues... ¡hazlo yá y luego me avisas! ─ me dijo ella en tono demandante.  

No me atrevía a aceptar que quería inscribirme, y poco después, a pesar de que había quedado seleccionado en el sorteo y, de estar entrenando ya mucha mas distancia que un medio maratón me acobardaba con la idea de correrlo, hasta que...

─ ¿Entonces, que?, ¿Vamos a ir o no Juan?, ─inquirió mi esposa una tarde.

─No sé, ya estoy entrenando hasta 30 kilómetros, me siento bien, pero dicen que uno se topa con el famoso muro a partir de ahí y… y luego llegan los dolores en las piernas… no, pensándolo bien, creo que mejor me rajo ─ le dije.

─Mira, como ya lo había sospechado desde un principio, conociéndote, que no te atreverías, te tengo un regalito… ¡ya estás inscrito al maratón de Nueva York! ─agregó ella, mostrándome la pantalla de su computadora.

─ ¡No lo puedo creer, amor, gracias!… ¡en serio gracias por aprovecharte de mi nobleza! ─fue mi respuesta.

Y así fue como decidimos participar en este importante evento… pero amigos, esto ya va a comenzar, preparen sus piernas, sus escudos que son sus corazones, y ¡síganme, síganme los buenos!, que esa magnífica meta en Central Park todos la tenemos que cruzar.



 -En memoria de nuestro admirado Shakespeare mexicano: Chespirito.

  Héctor Buelna M.




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