miércoles, 1 de febrero de 2012

Que nada te detenga

   

Tengo un amigo,  al que siempre invité a las carreras y eventualmente entrenábamos juntos en el parque cercano a su casa y a la vez cercano a mi trabajo. Nunca se negaba, pero tampoco fue a una. Yo siempre cumplí con invitarlo, porque participar me hacía feliz y quería que él también fuera a alguna y se enamorara del ambiente.

Teníamos el mismo desempeño corriendo juntos 5k o de 10k, pero a él simplemente no le interesaban las presiones de ningún tipo, competir no era la suyo y lo entendí.

En mi caso la curiosidad por las carreras dominicales si fue la suficiente y me gustaba la diversidad de sensaciones que experimentaba. Le decía a él que si probaba en una seguramente le agradaría la experiencia, pero en realidad nunca se dio la oportunidad de participar en tan solo una. Y eso que si le gustaba entrenar también con sesiones de velocidad, pero hasta ahí, y muy respetable su decisión... pero ¿por qué continuaba yo invitándolo?, por la sencilla razón de que él me preguntaba siempre por cada carrera, que como me había ido en ellas, el tiempo que lograba hacer, que si le había ganado a fulanito, y demás detalles que se viven en las carreras; casi puedo asegurar que vivía las carreras a través de mí. Y yo lo que quería es que él las viviera por sí mismo, por eso insistía al invitarlo una y otra vez.

Mi amigo solía decir que los que entrenaban duro para competir lucían demasiado flacos y de apariencia poco saludable.  No era nuestro caso porque los recreativos no hacemos tanto kilometraje y el peso corporal se mantiene digamos que en el ideal para nuestra estatura, al menos eso buscamos. Y en todo caso cada quien adelgaza hasta donde quiere, como parte del sacrificio que se hace por las metas u objetivos propuestos a conseguir.


Hace años ya que no repetimos todas esas carreras en el parque de la Amistad, donde tantas pláticas interesantes tuvimos oportunidad de compartir. Es rara ya la ocasión en que lo veo corriendo ahí, pero recuerdo mucho lo que argumentaba cada vez que le preguntaba del por qué no asistía en ciertos días en que acordábamos vernos ahí (cuando me dejaba plantado) para entrenar, él decía: 

“Es que estaba muy nublado, vi por la ventana las nubes y mejor no quise salir de la casa”. “Es que empezó a llover, poquito pero para que quieres, te puedes enfermar”. “Es que ya vi muy soleado y de seguro ya hacía calor a esa hora”.

Esas eran algunas de sus respuestas más comunes. Con eso yo entendí que no todos amamos nuestra actividad del “running” por igual, unos más, otros menos, pero al fin nos gusta y lo practicamos a nuestro ritmo y medida.

Lo verdaderamente importante es que mi amigo lo hacía por salud, por cuidar su figura, por sentirse bien consigo mismo, el odiaba la sola idea de engordar y pues al menos hacía algo para que la obesidad no le llegara y correr era algo que estoy seguro él disfrutaba; incluso me decía que ir a correr a la playa era una de sus mejores experiencias. En otras palabras, él era un corredor para sí mismo, no le interesaba que lo vieran hacerlo.


Entonces, me queda claro que habemos muchos tipos de corredores, los eventuales, los recreativos, los que aman esto de corazón, los muy apasionados, los guerreros, o una combinación de estos tipos.

Ahora que recuerdo esos años veo lo diferente que nos volvimos, los dos corremos todavía pero mis metas sobre la carrera cambiaron, ahora corro para mejorar mis marcas personales, lo cual sea tal vez lo que más disfruto al correr, explorar los límites, conocer nuevos caminos, retos y otras ciudades, otros ambientes, etc.

He aprendido a estar en movimiento de tal manera que le permito al día con el clima que tenga, con lluvia, viento, sol, sea en una noche fría, o un mediodía muy soleado, afectarme al hacer al menos una carrera corta bajo sus condiciones.

Porque hay veces que sí se extraña la sensación de una llovizna sobre la piel mientras escuchas a tu corazón agitado y al golpeteo de tus pisadas. O que si hace mucho frío dejas tu sesión para cuando caliente un poco el sol y sales a entibiarte la piel, a calentarte los huesos; es una de mis mejores formas de sacudirme el frío.

A veces se extraña el viento, no porque vayas muy rápido sino porque éste sopla y sientes que el aire no te falta por mucho que apresures el paso y  agites tu respiración; el viento te refresca y te sientes vivo, sientes que formas parte del entorno porque te percibes como parte del viento, así de libre.

Es verdad, a veces he tomado un buen resfriado por exponerme a los variados cambios de clima, pero no pasa de ahí, ni ocurre seguido. Eso sí al día siguiente así resfriado se puede continuar, incluso hasta se siente mejoría en la salud con un leve ritmo y una corta distancia, ya que las satisfacciones son mucho mayores que una gripa pasajera.

Por eso sé que sí se puede, y siempre te diré: “Si lo quieres hacer... puedes, pues los límites te los pones tu mismo".

!No dejes que nada te detenga!






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